Esto Solo Puede Mejorar

Desarrollo Personal con Raquel Rodríguez

Tag: amabilidad

Ser buen ciudadano en los tiempos que corren

 

Últimos coletazos del verano. Tiempo de planear el nuevo curso y mentalizarse de que “la vuelta al cole” es un hecho inevitable como despedirse de las sandalias. Felicidad: recalculando porcentajes.

He estado reflexionando sobre el civismo a raíz de mi vuelta de una pequeña ciudad a la gran ciudad. Esta mañana, me encontraba apunto de sacar el billete para el tren en una máquina de la estación, cuando un anciano se me ha acercado para preguntarme si podía ayudarle a comprar suyo porque no veía bien. Yo creo firmemente que el salto de la generación digital no se supera ni con gafas, así que me he parado a dirigirle.

Mientras le señalaba la pantalla sin quitar la mirada del cartel (también electrónico) donde mi tren pasaba de llegar en tres a dos minutos, la gente se amontonaba detrás de nosotros.  Al finalizar, tras intentar meter el billete para pagar por donde las tarjetas y demás inconvenientes, el señor me ha pedido perdón por entretenerme (supongo que ha debido detectar mis miradas hacia el cartel), y ha caminado lentamente hacia la entrada, mientras varias personas le esquivaban y adelantaban, para entrar por el torno al que se dirigía.

Yo me he quedado observándole unos segundos, para asegurarme de que no se equivocaba de andén, hasta que alguien me ha recordado que estaba delante de la máquina, sin utilizarla, mientras había gente esperando…ups, las prisas de la metrópoli a veces son tan crueles.

Supongo que entre las personas que se acercan para pedir dinero mientras sacas los billetes y los carteles que anuncian el poco tiempo que te queda para que tu tren llegue, tiempo que, por otro lado, siempre es poco por la alta frecuencia; las personas entradas en edad, discapacitadas o simplemente lentas, cometen un acto de valor para acceder a los mismos.

¿Por que no nos tranquilizamos todos? Me encanta observar, en los pequeños lugares, la gente que se encuentra por la calle y se para a conversar, o cruzar algunas palabras, con el tendero que le esta vendiendo algo. En cambio, aquí en la capital, me da la sensación de que todos tienen demasiadas prisas para ser amables. Prisas para llegar al trabajo y para marcharse, para subir al tren y para bajar también.

A las 8:30 una marea de zombis, con el tupper en una mano y el móvil en la otra, se agolpan para empezar su peregrinación diaria hacia la oficina. Sin tiempo y sin ganas. Como cerdos que van al matadero. Y si te osas a cruzarte en su camino tus posibilidades de salir con buen humor son las mismas que las de salir ileso si te tumbas en un cruce de rutas de elefantes. Recuerdo que cuando llegue a Madrid, la gente empezaba a correr en el metro porque percibían el sonido de la llegada del suburbano como una señal inequívoca y yo, que no me daba cuenta del motivo, me asustaba pensando si acaso había una ocurrido un atentado o algo grave pasaba. Con el tiempo entendí, que el gran drama era esperar el siguiente metro durante tres minutos.

Pues yo me revelo, voy a ser amable aunque viva en una ciudad con más de tres millones de habitantes, me es igual las prisas… ¡Yo voy a vivir tranquila! Voy a saludar al frutero o al chino de la esquina y preguntarles que tal están, voy a pararme con los turistas perdidos o los vendedores de ONGs y pienso perder todos los metros que hagan falta aunque me cierren a un palmo de las narices. ¡Si, señor! Si lo intentáramos todos a la vez, ¿no estaríamos todos de mejor humor? Si no me escucharas solo tú, mi querido diario, estas reflexiones, si yo consiguiera al menos hacer reflexionar a alguien más, entonces ya sería un triunfo.

Como decía santa teresa de Jesús: “Solo somos una gota de agua en el mar, pero el mar sin esa gota sería menos”.

Raquel Rodríguez

Amable generosidad

Julio, con el calor ha llegado la esperada bajada del ritmo de trabajo y el temido cambio de ropa de temporada. Felicidad: 80% el 20% del tiempo y 20% el 80% del tiempo.

Hoy os voy a hablar de ser generosa, es algo que se puede hacer de muchas maneras, básicamente regalando algo, pero algo que puede ser inmaterial como el tiempo o material como un café.

El ejercicio propuesto en la revista me ha venido como anillo al dedo: “hacer limpia del armario y donar aquello que no necesites a quién le pueda hacer falta”. Ahí queda eso, claro, sencillo, cansado y en mi caso, dramáticamente necesario.

Desde que tengo uso de razón la ropa se reproduce en mi armario de un modo mágico y desconcertante pero luego siempre voy vestida igual. Supongo que esto cumple la conocida regla de Pareto, del  20/80. Ya que me pongo el 20% de mi ropa el 80% del tiempo, y el 80% sobrante solo durante el 20% del tiempo.

Recuerdo ser una niña sorprendida de que la ropa que aparecía en mis cajones me resultase siempre familiar, y claro, desde la distancia ahora entiendo que se debía a que era de alguien de la familia: mi hermano, mis primas…etc. Tenía decenas de calcetines de color rojo y soñaba con tener un armario como el de Barbie, es decir, lleno de tacones, bolsos de mano y vestidos de fiesta.

Cuando llegué a la adolescencia mi ropa se tornó como yo en esa época, extremista y exagerada. Igual llevaba una camiseta con calaveras que una con brillantina.

Después empecé a trabajar y decidí inconscientemente que tendría finalmente el armario de la Barbie, eso si, made in china. El problema es que pronto descubrí que yo voy terriblemente incómoda con tacones y que los bolsos sin cremallera (que regalan en las revistas) son un filón para los ladrones de carteras del metro. Aparte de que no puedes ir vestida de coctel al trabajo, una pena.

Teniendo en cuenta todo este aprendizaje, he decidido comprarme solo básicos y ropa cómoda, ósea ropa de colores lisos y zapatos planos.

Y estoy cada vez más cerca del armario ideal, sería perfecto sino fuera por un par de simples detalles que se me resisten:

1 Sobre- acumulación: esto hace que una camisa se convierta en un higo en 5 minutos de estancia en el armario.

2 Dificultad para desprenderme de ropa inservible: véase ropa  que me valdría si adelgazo 5 kilos, que no combina absolutamente con nada, o que es para ocasiones que nunca se dan (típico jersey peruano para escalar el Everest o gorro de paja para pasar desapercibida en un catálogo de cruceros).

Así que voy a revisar mis abundantes trapitos para conseguir un armario como el de los catálogos de Ikea. Se que será duro, que encontraré ropa que juraría no haber comprado ni reconoceré como mía, que me sentiré gorda cada vez que algo no me valga, pero creo que estoy aprovechando este repaso por mis fortalezas, que desconocía que tenía, para hacer todo aquello que, en el fondo, sabía hace mucho que quería hacer.

Además necesito espacio,  espacio en mi armario, en mi mente, en mi agenda y en mi vida. Y otras personas necesitan lo que yo no uso.

Quiero que entren cosas nuevas, para lo cual tienen que salir cosas viejas y dejar espacio para las siguientes, así conseguiré ir cerrando unos círculos y abriendo otros, despidiéndome del pasado para abrazar el presente y saludar al futuro sin cargas acumuladas.

 Raquel Rodríguez

 

 

 

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